17 Octubre 2011
Una ración de Spurgeon.
¡Oh, que tú y yo podamos entrar en el mismísimo corazón de la Palabra de Dios, y meter esa Palabra dentro de nosotros! Igual que el gusano de seda se come la hoja, y la consume del todo, así deberíamos nosotros hacer con la Palabra de Dios – no arrastrarnos sobre la superficie, sino comerla del todo hasta que forme parte de nuestro ser más profundo. Es inútil dejar que el ojo pasee meramente sobre las palabras, o recuerde las expresiones poéticas, o los hechos históricos;
pero es una bendición comer el alma misma de la Biblia hasta que, finalmente, llegues a hablar en el idioma de la Escritura, y tu propio estilo sea moldeado sobre los modelos de la Escritura y, lo que es aún mejor, tu espíritu tenga el sabor de las palabras del Señor.
Citaré a John Bunyan como ejemplo de lo que quiero decir. Lee cualquier cosa suya y verás que es casi como leer la Biblia misma. La había leído hasta que su alma estaba saturada de ella. Y aunque sus escritos exudan todo el encanto de la poesía, no puede darnos su Progreso del Peregrino – el más dulce de todos los poemas escrito en prosa – sin hacernos sentir y decir continuamente “¡Este hombre es una Biblia viviente!” Pellízcale en cualquier parte, y verás que su sangre es Biblina, que la misma esencia de la Biblia fluye de él. No puede hablar sin citar un texto, porque su propia alma está llena de la Palabra de Dios. Hermanos queridos, os recomiendo este ejemplo.
Charles H. Spurgeon.
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