“¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? (Salmo 42:2).
¿Qué haces cuando parece que Dios se ha olvidado de ti? Esto mismo dice el Salmista: “¿Por qué te has olvidado de mí?” (42: 9). Estas son palabras mayores. ¿Qué le había pasado para que dijera esto? Pues, su país había sido conquistado y le estaban llevando preso a la cautividad. Claro, Dios no los había rescatado. Israel había sido destruido, y va en cadenas con los demás prisioneros de guerra, en procesión, como esclavos.
Preguntaba a Dios: “¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?” (42:9; 43:2). ¿Tú sabes lo que es esto, la opresión del enemigo? Es una oscuridad del alma. No entiendes nada. Dios parece estar muy lejos. No dice nada, y el enemigo de nuestras almas dice mucho: “Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?” (42:10). Insistía: “¿Dónde está tu Dios?” (42:3, 10). Se burlaba de él. Encima de la derrota, venía esta pregunta tan dolorosa y desconcertante del enemigo. Parecía que tenía razón. ¿El enemigo te pregunta esto a ti?: “Mira lo que ha pasado. ¿Dónde está tu Dios? Te ha fallado.”
¡Qué mal sentía este hombre! Él es creyente. No ha dejado de creer en Dios y tampoco deja de orar en medio de su mal. Hace muchas preguntas a Dios. Le dice: “Pues tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? (43:2). Se siente abandonado por Dios. A todas luces parece que Dios le ha dejado.
¿Qué hace el hombre en estas circunstancias? Como Dios no le habla, él habla consigo mismo y se dice lo que él necesita oír. En este salmo (el 42 y el 43 forman un solo salmo) tres veces se dirige a sí mismo, diciendo lo mismo, como un refrán: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aun he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (42: 5, 42:11; 43:5). Va a esperar con esperanza. ¿Qué quiere? Tener a Dios cerca. Sentir su presencia. Dice: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (42:2). Quiere entrar en la presencia de Dios. Luego hace una oración muy importante, la misma que puedes hacer tú cuando te encuentras así de mal: “Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y tus moradas” (43:3). Pide que Dios le mande luz y verdad. La luz de Dios ¿de dónde viene? De su Palabra. El Espíritu Santo nos da luz por medio de ella. Nos habla de nuestra verdad. Y esta luz y esta verdad nos llevan a la presencia de Dios. Esto es lo que el salmista quería, entrar en la presencia de Dios.
Dice: “Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y le alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío” (43:4). Entramos en la presencia de Dios por vía del altar, la cruz de Cristo, y allí encontramos alegría y gozo y le cantamos y le alabamos. Nuestro luto se ha convertido en cántico de alabanza a Dios.
Carles
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