05 Diciembre 2011
En su novela, Martin Chuzzlewit, el famoso novelista inglés, Charles Dickens, introduce un personaje que se llama Jonás. Este Jonás está resentido por la larga vida de su padre, impaciente de su muerte para que entre en su herencia, y termina por envenenarle. En otra novela suya, Bleak House, Dickens trata el tema de herencias y abogados. Cuenta la historia de uno que pretende heredar una fortuna. Vive obsesionado con la herencia. Emplea abogados para conseguirla. Tardan años en juicios y tramites. Cuando finalmente lo consiguen, han comido toda su herencia en gastos legales. Con esta noticia, el héroe, ya consumido por el afán de herencia, se disgusta, se enferma y muere. Sigue tan actual el tema. Una hermana cuidó de su madre. El hermano no hizo nada. Se muere la madre y aparece el testamento, que no se sabía que existía, dividiendo la herencia igualmente ente los dos hermanos y empiezan las discusiones. ¿Es justo? ¿Qué debe hacer el creyente en un caso así si es victima de la injusticia?
Un hombre se acercó a Jesús pidiendo que dijese a su hermano que partiese la herencia con él. Pensaba que tenía razón y que Dios tenía que hacerle justicia, pero Jesús le contestó:“Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?” La respuesta de esta pregunta es: “Nadie”. El Señor no está haciendo justicia ahora en esta vida. Jesús no determina cosas de jurisprudencia. Dios no le ha puesto a Jesús para hacer justicia ahora, sino como Juez en el juicio final. Todo Juicio es entregado al Hijo, pero ahora no hay justicia y esto es una pastilla amarga que tenemos que tragar. Este hombre apeló a Jesús y Jesús no exigió a su hermano que repartiese la herencia con él. Esto saldrá en el juicio final. Jesús le dijo:“Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en a abundancia de los bienes que posee” (v. 14, 15). ¡Jesús le habla de avaricia cuando este hombre está pidiendo lo que cree que le corresponde! Ahora, en esta vida, habrá desfalco, robo, estafa, el mal uso de fondos, y el mal manejar de asuntos financiaras. Habrá estafadores y perdedores.
Como cristianos tenemos la responsabilidad de ser justos con los demás, pero no de esperar justicia para nosotros mismos. Nos está prohibido llevar a nuestro hermano a juicio (1 Cor.6:1-7). Dejamos que nos hagan injusticia mientras guardamos nuestro corazón de la avaricia. La avaricia es el afán de conseguir o ganar. Es pecado conseguir ganancias deshonestamente, pero también es pecado el afán de conseguir dinero honestamente si este llega a ser el motor de nuestra vida. Mucha gente vive acumulando bienes. Su prioridad en la vida es vivir acomodadamente con todos sus gastos cubiertos, y no dan prioridad a su alma.
“La vida del hombre no consiste en lo que posee”. Muchos piensan que sí, pero Jesús dijo:“el afán de este siglo y el engaño de la riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa” (Mat. 13: 22). “Hijo, ¡cuán difícil les es entra en el reino de Dios a los que confían e las riquezas! (Marcos 10:24). “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Tim. 617). ¡Amén! Así sea.
Comentarios (0)