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07 Julio 2012

La Inspiración y la Autoridad de la Santa Escritura (1)

Posted in Iglesia

Por Herman Ridderbos en www.cristianismohistorico.org

      Al hablar acerca de la autoridad de las Escrituras, uno tiene que distinguir agudamente desde el principio entre esta autoridad en sí misma y nuestra doctrina sobre la Escritura, su autoridad, infalibilidad y todas las cualificaciones y conceptos concernientes a la Santa Escritura que han procedido de la reflexión y discusión teológicas a través de los años. La Biblia misma no ofrece una doctrina sistemática de sus atributos, de la relación en ella de lo divino y lo humano. Su punto de vista es diferente al de la teología.

Esto no significa, por supuesto, que la Biblia no tenga nada que decir acerca de su autoridad e infalibilidad. La autoridad de las Escrituras es la gran presuposición de toda la predicación y doctrina bíblicas. Esto se ve más claramente por la manera en que el Nuevo Testamento habla acerca del Antiguo Testamento. Aquello que aparece en el Antiguo Testamento se cita en el Nuevo Testamento con fórmulas como "Dios dijo", "el Espíritu Santo habló", y así sucesivamente (cf., por ejemplo, Hechos 3:24, 25; 2 Cor. 6:16; Hechos 1:16). Lo que "Dios dijo" y "el Espíritu Santo habló" es la misma cosa. Esto "indica una cierta confusión en el discurso actual entre 'Escritura' y 'Dios', la consecuencia de una convicción profundamente arraigada de que la palabra de la Escritura es la Palabra de Dios. No fue 'la Escritura' la que habló a Faraón (Rom. 9:17) o la que dio su gran promesa a Abraham (Gál. 3:8), sino fue Dios mismo. Pero 'Escritura' y 'Dios' yacen tan juntas en las mentes de los escritores del Nuevo Testamento que ellos podían naturalmente hablar de 'la Escritura' haciendo lo que la Escritura misma registra que Dios hace" (B. B. Warfield). Y esto naturalmente implica autoridad. "Está escrito" (griego, gegraptai) en el Nuevo Testamento pone fin a toda contradicción.

Esta autoridad de las Escrituras del Antiguo Testamento no es otra que la que los apóstoles se adscriben a sí mismos, a saber como heraldos, testigos, embajadores de Dios y Cristo (Rom. 1:1, 5; 1 Tim. 2:7; Gál. 1:8, 9; 1 Tes. 2:13). Ellos adjuntan esa autoridad de la misma manera a sus escritos como a sus palabras (1 Cor. 15:1s.; 2 Tes. 2:15; 3:14). En el Nuevo Testamento los escritos apostólicos están ya colocados a la par con aquellos del Antiguo Testamento (2 Pe. 3:15-16; Ap. 1:3). Gegraptai se usa ya de los escritos del Nuevo Testamento (Juan 20:31). Y el concepto de fe del Nuevo Testamento está de acuerdo con eso: la fe es la obediencia al testimonio apostólico (Rom. 1:5; 16:26; 10:3). Este testimonio apostólico se distingue fundamentalmente en este respecto de las otras manifestaciones del Espíritu, el cual demanda de la congregación (ekklesia) no solamente la obediencia, sino también un discernimiento crítico entre lo verdadero y la falso (cf. 1 Tes. 5:21; 1 Juan 4:1). Porque este testimonio merece fe y obediencia incondicionales, tanto en forma escrita como en su forma oral.

 

Similarmente para la infalibilidad. Aunque, hasta donde soy consciente, el equivalente de nuestra palabra "infalibilidad" como atributo de la Escritura no se halla en la terminología bíblica, sin embargo de acuerdo con el origen y contenido divinos de la Escritura, un gran énfasis se coloca repetidamente sobre su confiabilidad. La palabra profética es segura (bebaios) (2 Pe. 1:19). En las Epístolas Pastorales Pablo no se cansa de asegurar a sus lectores de que la palabra que él les ha transmitido es confiable/fiel (pistos) y digna de toda aceptación (1 Tim. 1:15; 3:1; 2 Tim. 2:11; Tito 3:8). En Hebreos 2:3 el autor escribe que la salvación fue declarada primero por el Señor y fue atestiguada (hecha bebaios) para nosotros por aquellos que oyeron al Señor. Mientras que del hombre tiene que ser dicho que "toda carne es como hierba", es verdad que la palabra de Dios "permanece para siempre". Y "esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada (1 Pe. 1:24, 25).

La permanente y fiel palabra de Dios de este modo ha entrado en la palabra hablada y escrita de los apóstoles. Como Lucas le dice a Teófilo, la tradición de lo que fue oído y visto por aquellos que fueron desde el principio testigos oculares y ministros de la palabra ha sido escrita para que él pudiera reconocer la confiabilidad (asphaleia) de lo que le había sido informado (Lucas 1:1-4). Toda la Escritura está llena de declaraciones de que el que construye sobre la palabra y promesa de Dios no será avergonzado (Is. 28:16; Rom. 9:33; 1 Pe. 2:6); esto se aplica a la palabra hablada como también a la escrita de los apóstoles (Juan 19:35; 20:31; 1 Juan 1:1-3). La Escritura es infalible, podríamos resumir, porque no falla, porque tiene el significado de un fundamento sobre el cual la ekklesia ha sido establecida y sobre el cual ella misma tiene que ser establecida cada vez más (Col. 2:6-7). El concepto total de tradición, como es usado por Pablo, por ejemplo, tiene esta connotación de autoridad, certidumbre, irrefutabilidad. Los protestantes de este modo hacen bien en no abandonar este concepto de tradición por reaccionar en contra del uso en la el Catolicismo Romano. La autoridad e infalibilidad de las Escrituras son de esta manera dos lados de la misma moneda: a saber, que la Escritura es de Dios.

Lo segundo que tenemos que observar desde el principio es que todos los atributos que la Escritura se adscribe a sí mima permanecen en una relación estrecha con su propósito y naturaleza. Y así nuestra manera de pensar acerca de la Escritura y nuestras definiciones teológicas tienen que estar relacionadas también con este propósito.

Es obvio que la Escritura nos es dada para un propósito definido. Pablo dice que "para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza" (Rom. 15:4). El famoso pronunciamiento de 2 Timoteo 3:15-16 tiene el mismo fin: los escritos sagrados "te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús". No solamente la naturaleza y fuerza de las Escrituras deben hallarse en su provisión de la instrucción para la salvación, sino también el medio y la clave para entenderlas—fe en Cristo Jesús. Solamente por medio de la luz de tal fe se abren el tesoro de la sabiduría y el conocimiento de las Escrituras.

Este propósito de la Escritura (del Antiguo Testamento como también del Nuevo) y el uso que corresponde a ella siempre tiene que tenerse en mente al formular una definición teológica de los atributos de la Escritura. Esa es la fuerza del comentario de Calvino sobre 2 Timoteo 3:15: "A fin de que la Escritura pueda ser de provecho para nuestra salvación, tenemos que aprender a hacer un buen uso de ella. Él (Pablo) tiene una buena razón para dirigirnos a la fe de Cristo, lo cual es el centro y suma de la Escritura." Lo que sigue en el versículo 16 está en completo acuerdo con esto: "Toda la Escritura es inspirada por Dios—y el significado predicativo de thepuenstos no es disputable en mi opinión—y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia". El propósito y naturaleza de la Escritura yace así en aquella cualificada clase de enseñanza e instrucción que es capaz de hacernos sabios para la salvación, la cual le da al pueblo de Dios esta "complitud" y los equipa para toda buena obra.

Que no podemos hablar acerca de la Escritura y de sus cualidades aparte de este alcance, propósito y naturaleza, debe ser también el punto de partida de toda evaluación y definición teológicas de la autoridad bíblica. Esta autoridad
no debe ser separada del contenido y propósito de la Escritura así cualificada, ni puede ser reconocida aparte de este contenido y el carácter específico de la Escritura. No importa a qué grado rechacemos la doctrina dualista de la inspiración, que sostiene que solamente las secciones ético-religiosas de la Escritura son inspiradas y autoritativas, esto no remueve el hecho de que, en la palabras de Bavinck, "la Santa Escritura posee un propósito (designación, intención) exhaustivamente religioso-ético y no tiene la intención de ser un manual para las varias ciencias." No debemos aplicarle a la Escritura estándares que no le sientan bien. No solamente no ofrece un conocimiento exacto de matemáticas o biología, sino tampoco no presenta una historia de Israel o una biografía de Jesús que esté de acuerdo con los estándares de la ciencia histórica. Por lo tanto, uno no tiene que transferir la autoridad bíblica.

Dios nos habla a través de las Escrituras no a fin de hacernos eruditos, sino para hacernos cristianos. Sin duda, para hacernos cristianos en nuestra ciencia también, pero no de tal manera como para hacer la ciencia humana superflua o para enseñarnos de una manera sobrenatural todo tipo de cosas que podrían y de otra manera serían aprendidas por medio de un entrenamiento e investigación científicas.

Lo que la Escritura intenta es colocarnos como humanos en una posición correcta con Dios, incluso en nuestros estudios y esfuerzos científicos. La Escritura no solamente está interesada con las necesidades religiosas de una persona en un sentido pietista o existencialista de la palabra. Al contrario, su propósito y autoridad es que nos enseña a entender todas las cosas sub specie Dei – la humanidad, el mundo, la naturaleza, la historia, su origen y su destino, su pasado y su futuro.

Por lo tanto, la Biblia no solamente es el libro de conversión, sino también el libro de la historia y la creación. Pero es el libro de la historia de la salvación; y es este punto de vista que representa y define la autoridad de la Escritura.

Pero cuando uno conecta la definición teológica de la autoridad y la infalibilidad como atributos de la Escritura tan estrechamente con el propósito y naturaleza de la Escritura, ¿no se dirige uno al peligro de caer en una clase de subjetivismo? ¿Quién establecerá precisamente los límites entre aquello que pertenece y aquello que no pertenece al propósito de la Escritura? Y ¿no está abierto así el camino para el subjetivismo y la arbitrariedad en el asunto de la autoridad de la Escritura, como ha sido tan perjudicial a la autoridad de la Escritura en la historia de la iglesia?

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