Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios. (1 Tesalonicenses 5:6)
Qué tristes consecuencias ha acarreado el pecado. Este hermoso mundo nuestro fue una vez un templo glorioso, y cada uno de sus pilares reflejaba la bondad de Dios, y cada una de sus partes era un símbolo del bien, pero el pecado ha corrompido y ha viciado todas las metáforas y las figuras que se puedan desentrañar de la tierra. Ha descompuesto de tal manera la divina economía de la naturaleza, que esas cosas que eran cuadros inimitables de virtud, bondad, y divina plenitud de bendición, se han convertido en figuras representativas del pecado. Es extraño decirlo, pero a la vez es extrañamente cierto, que los supremos dones de Dios se han convertido en los peores cuadros de la culpa humana, por el pecado del hombre.
¡Contemplen las corrientes de agua! Brotando de sus fuentes, se precipitan por los campos, llevando la abundancia en su seno; los cubren por un tiempo, y después de unos días se apaciguan y dejan sobre la llanura un depósito fértil, en el cual arrojará la semilla el labriego para obtener una cosecha abundante. Uno habría llamado la irrupción de las aguas un hermoso cuadro de la plenitud de la providencia, de la magnificencia de la bondad de Dios hacia la raza humana; pero descubrimos que el pecado se ha apropiado de esa figura. El comienzo del pecado es como el prorrumpir de las aguas.
Carles
08. Mayo, 2013 | #
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