"¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado". Romanos 7: 24, 25.
Si yo decidiera ocupar el tiempo de ustedes en un asunto controversial, podría demostrarles de manera concluyente que el apóstol Pablo está describiendo aquí su propia experiencia como cristiano. Algunas personas han afirmado que él declara aquí simplemente lo que había sido antes de su conversión, y no lo que era cuando se convirtió en receptor de la gracia de Dios. Pero tales personas están evidentemente equivocadas, y yo diría que están obstinadamente equivocadas, pues cualquier mente candorosa y sincera que leyera este capítulo, no podría caer en tal error. Es Pablo el apóstol, nada menos que el más grande de los apóstoles; es Pablo, el poderoso siervo de Dios, un verdadero príncipe en Israel, uno de los hombres valientes del Rey, es Pablo, el santo y el apóstol, el que aquí exclama: "¡Miserable de mí!"
Ahora, algunos humildes cristianos son víctimas a menudo de un error muy necio. Contemplan a ciertos santos avanzados, y a algunos ministros capaces, y dicen: "Seguramente hombres como éstos no sufren como sufro yo; no contienden con las mismas perversas pasiones como las que me vejan y me turban". ¡Ah!, si conocieran los corazones de esos hombres, si pudieran atisbar en sus conflictos íntimos, pronto descubrirían que, entre más cercano a Dios viva un hombre, más intensamente tiene que dolerse por su corazón depravado, y entre más lo honra su Señor estando a Su servicio, más lo veja y lo atormenta día a día el mal de la carne.
Carles
08. Mayo, 2013 | #
ricardo andres
05. Mayo, 2013 | #
kendy natalia castañeda
14. Abril, 2013 | #
Raymundo
17. Marzo, 2013 | #
humberto
15. Marzo, 2013 | #